By: Guido Durney Urrutia
Independent Researcher |
Knowledge & Strategic Consulting
Santiago, Chile
“¿Podría la inteligencia artificial convertirse en una herramienta del mal? ¿O estamos cometiendo un error al atribuir a una tecnología lo que en realidad corresponde a las decisiones humanas?”
La pregunta parece pertenecer exclusivamente al
terreno de la ciencia ficción, pero adquiere otra dimensión cuando se la
observa desde el cristianismo, la filosofía y la ética tecnológica.
Una lectura prudente del Apocalipsis permite
plantear una hipótesis distinta: la IA no tendría que ser la Bestia para
convertirse en una herramienta poderosa dentro de un sistema humano de
dominación. La cuestión fundamental sería quién la controla, con qué
propósito y qué frutos produce.
Anticristo, Bestia y falso profeta: separar los conceptos
Existe una precisión bíblica importante. El término
“anticristo” no es utilizado por el libro de Apocalipsis; aparece
principalmente en las cartas de 1 Juan y 2 Juan. Allí se habla incluso de
“muchos anticristos”. En Apocalipsis, en cambio, aparecen la Bestia, la segunda
Bestia y la imagen de la Bestia.
Por eso, identificar automáticamente al Anticristo
con una determinada tecnología moderna exige introducir una interpretación que
el texto bíblico no proporciona directamente.
En Apocalipsis 13, la primera Bestia representa un
poder que recibe autoridad, ejerce dominio y exige reconocimiento. La segunda
Bestia cumple una función de legitimación y conduce a las personas hacia la
adoración de la primera. La investigación académica ha interpretado estas
imágenes en relación con estructuras de poder político, imperial y religioso,
aunque existen diversas posiciones sobre su significado histórico y
escatológico.
La pregunta interesante para nuestro tiempo es
entonces otra:
¿Qué ocurriría si una estructura humana de poder
dispusiera de tecnologías capaces de multiplicar extraordinariamente su
capacidad de influencia?
La IA no necesita ser maligna para ser peligrosa
Una inteligencia artificial no posee
automáticamente una dimensión moral comparable a la de una persona. Es una
tecnología diseñada, entrenada, desplegada y utilizada por seres humanos.
Puede ayudar a detectar enfermedades, facilitar el aprendizaje, analizar grandes cantidades de información y aumentar determinadas capacidades humanas. Pero también puede utilizarse para producir desinformación, ampliar sesgos, invadir la privacidad o automatizar decisiones perjudiciales.
UNESCO establece un marco internacional de ética de
IA basado, entre otros principios, en dignidad humana, derechos humanos, transparencia,
equidad y supervisión humana.
NIST, mediante su AI Risk Management Framework,
plantea características como seguridad, fiabilidad, transparencia,
explicabilidad, privacidad, responsabilidad y gestión de sesgos. Además,
subraya que los sistemas de IA son sistemas sociotécnicos: sus riesgos dependen
también de las personas, organizaciones y decisiones involucradas en su diseño
y utilización.
Esto conduce a una conclusión sencilla:
la tecnología puede amplificar una intención humana preexistente.
¿Podría la IA parecerse
simbólicamente a la segunda Bestia?
Aquí aparece una analogía interesante, pero debe
mantenerse como analogía.
La segunda Bestia de Apocalipsis 13 cumple una
función de persuasión, legitimación y orientación hacia el poder de la primera.
Además, el texto introduce la denominada “imagen de la Bestia”, cuya función ha
sido objeto de análisis académico.
Una tecnología capaz de generar imágenes,
discursos, voces, personajes digitales y mensajes personalizados podría
convertirse en una infraestructura extraordinariamente poderosa de persuasión.
Pero eso no significa que la IA sea el falso
profeta.
Significa algo más concreto: una sociedad podría
utilizar inteligencia artificial para reproducir algunas funciones que
antiguamente dependían de intermediarios humanos: propaganda, persuasión,
construcción de imágenes públicas y difusión masiva de narrativas.
La diferencia es decisiva.
La IA sería el instrumento.
La responsabilidad continuaría siendo humana.
El verdadero riesgo: entregar demasiado poder a una herramienta
El escenario preocupante no sería una máquina que
espontáneamente decide convertirse en una figura apocalíptica.
Sería mucho más humano.
Imaginemos una estructura donde identidad digital,
sistemas financieros, inteligencia artificial, vigilancia, comunicación y
decisiones automatizadas estuvieran profundamente integrados.
Si además una autoridad política o económica
pudiera controlar esos mecanismos y utilizarlos para premiar la conformidad,
castigar la disidencia o restringir arbitrariamente el acceso a bienes
esenciales, aparecería una analogía funcional mucho más cercana al patrón de
Apocalipsis 13.
No porque la IA fuera maligna.
Porque los seres humanos podrían utilizarla para
aumentar su poder.
Esta distinción evita convertir una hipótesis
teológica en una predicción tecnológica.
“Examinadlo todo; retened lo
bueno”
Aquí la tradición cristiana ofrece un principio
sorprendentemente actual.
Pablo escribe en 1 Tesalonicenses 5:21:
“Examinadlo todo; retened lo bueno”.
La idea resulta extraordinariamente compatible con
una sociedad tecnológica. No se trata de aceptar toda innovación porque sea
nueva ni de rechazarla porque produzca temor.
Se trata de examinar.
¿Qué hace esta tecnología?
¿A quién beneficia?
¿A quién puede perjudicar?
¿Quién controla los datos?
¿Quién responde cuando el sistema se equivoca?
¿Puede una persona cuestionar una decisión
automatizada?
¿Se respeta la dignidad humana?
Estas preguntas convierten la ética en una
herramienta práctica.
“Por sus frutos los conoceréis”
Jesús ofrece otro criterio todavía más profundo:
“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).
Aplicado a la inteligencia artificial, el principio
permite desplazar la discusión desde la fascinación tecnológica hacia sus
consecuencias.
Una IA que mejora diagnósticos médicos, amplía el
acceso educativo, ayuda a personas con discapacidad o acelera investigación
científica produce determinados frutos.
Una IA utilizada para manipular poblaciones,
destruir reputaciones, vulnerar la privacidad o consolidar una autoridad sin
controles produce otros.
Por eso la pregunta moral no debería ser
simplemente si una tecnología es “buena” o “mala”.
Debe ser:
¿Quién la controla, con qué propósito y qué frutos
produce para el ser humano?
Cristianismo y tecnología: una responsabilidad compartida
La visión cristiana no exige necesariamente
rechazar la tecnología. Exige discernimiento.
El conocimiento puede utilizarse para construir o
destruir. La capacidad científica puede servir a la vida o convertirse en
instrumento de dominación. La inteligencia artificial sigue ese mismo patrón.
Desde esta perspectiva, el desafío espiritual no
sería luchar contra una máquina imaginada como enemiga de la humanidad.
Sería evitar que el ser humano convierta su
propia capacidad tecnológica en un sustituto de la verdad, de la conciencia
moral o de Dios.
La IA puede ser extraordinariamente poderosa y,
precisamente por eso, necesita límites humanos, responsabilidad jurídica,
supervisión, transparencia y una cultura ética. Los marcos actuales de
gobernanza de IA reflejan precisamente esa preocupación por mantener
responsabilidad, supervisión y gestión continua de riesgos.
La pregunta que deberíamos
hacernos
Quizás dentro de algunas décadas la discusión
actual sobre “la IA y la Bestia” sea recordada como una curiosidad histórica.
O quizá la humanidad descubra que las tecnologías
digitales llegaron a concentrar un poder mucho mayor del que hoy imaginamos.
Pero existe una conclusión que permanece válida en
ambos escenarios:
la IA no determina por sí misma el destino moral de
la humanidad.
Lo determinan las personas, las instituciones y las
sociedades que deciden cómo utilizarla.
Por eso, más que preguntar si la inteligencia
artificial será la Bestia, quizá deberíamos preguntarnos:
¿Seremos suficientemente sabios para utilizar una
tecnología extraordinariamente poderosa sin convertir nuestro poder en una
nueva forma de idolatría?
Examinarlo todo. Retener lo bueno. Y observar los
frutos.
Esa podría ser una de las mejores formas de pensar
el futuro de la inteligencia artificial.
Para conversar:
¿Crees que el principal riesgo futuro de la IA estará en la propia tecnología o en las personas e instituciones que puedan utilizarla para concentrar poder?
Bibliografía experta
- Biblia. 1 Tesalonicenses 5:21;
Mateo 7:16; Apocalipsis 13; 1 Juan 2:18; 1 Juan 4:3; 2 Juan 1:7.
- Bauckham,
R. The Theology of the Book of Revelation. Cambridge University
Press.
- Beale,
G. K. The Book of Revelation: A Commentary on the Greek Text.
Eerdmans.
- Aune,
D. E. Revelation 6–16. Word Biblical Commentary.
- Van
de Water, R. “Reconsidering the Beast from the Sea (Rev 13.1).” New
Testament Studies, 46(2), 2000, 245–261.
- UNESCO.
Recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial. UNESCO,
2021.
- NIST.
Artificial Intelligence Risk Management Framework (AI RMF 1.0).
National Institute of Standards and Technology, 2023.
- NIST.
Artificial Intelligence Risk Management Framework: Generative
Artificial Intelligence Profile. 2024.
Nota editorial: este artículo distingue deliberadamente entre
interpretación bíblica, analogía tecnológica y evidencia científica. No
identifica a ninguna persona, gobierno, empresa o sistema de IA actual con el
Anticristo, la Bestia o el falso profeta.
